Wladimir Sepúlveda, Daniel Zamudio…¿Hasta cuándo?

Wladimir Sepúlveda, Daniel Zamudio…¿Hasta cuándo?

29 Octubre 2013

Dicen que las penas a los responsables de la muerte de Daniel Zamudio son una condena ejemplificadora. Sin embargo, agresiones homofóbicas como la acontecida a Wladimir Sepúlveda se siguen repitiendo, con o sin ley antidiscriminación

Cristian Bernales >
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La muerte de Daniel Zamudio, sin siquiera conocerlo, la sentí muy de cerca. Esos calurosos días de marzo de 2012, y luego de recibir el finiquito de mi empleo de aquel entonces, emprendí un viaje que me llevó a estar más de un mes a lo largo de algunas regiones del norte. Había pasado una semana viviendo en Pisco Elqui, en el valle, en contacto con la simpleza de la tierra, con las alturas, conmigo mismo. Deseaba escuchar mis propios silencios al lado de una pequeña vertiente, o junto al rugido del viento en las alturas de esos desérticos cerros, lo más cerca que se podía estar del cielo.

Sentía la presencia de los antepasados diaguitas en cada lugar, y estoy seguro de haber visto objetos desconocidos merodeando sobre mi cabeza por las noches. Fue mágico. Luego vinieron las aguas color turquesa de  Bahía Inglesa y Caldera, en esa perfecta unión de la playa con el desierto.

En ese entonces no tuve contacto con noticias ni televisión. Sólo en las grandes urbes aprovechaba de informarme un poco y saber lo que estaba pasando en el país. Fue ahí donde escuché hablar de unjoven gay que estaba grave en la Posta Central producto de una golpiza homofóbica. Pero no le tomé mayor atención.

Pasaron los días y mi regreso a Talca, a mi realidad, ya se hacía inminente. Cuando paré en Viña del Mar, vi por las noticias que el joven, llamado Daniel Zamudio, ya había fallecido. En ese momento el corazón se me apretó. Reflexioné que mientras yo viajaba entre paisajes inolvidables y playas paradisiacas, buscando reencontrarme conmigo mismo y con el universo, un joven gay agonizaba inconsciente en la fría sala de un hospital.

El trágico fallecimiento de Daniel Zamudio me tocó el alma. Necesitaba sentirlo cerca, verlo, entender por qué había ocurrido. Fue entonces que, ya en Santiago, inicié mi propio peregrinaje hacia su tumba. El funeral había sido a mediodía de ese viernes y yo llegué a las 4 de la tarde al Cementerio ubicado en Recoleta. Caminaba solo, no llevaba nada en mis manos, sólo una botella de agua mineral. Recibí indicaciones de las personas y una señora me dijo: “ese joven quedó al final, tiene que caminar 20 pasajes hasta el fondo y luego doblar”.

Nada me desalentaría, necesitaba llegar al sitio en donde descansarían eternamente los restos del malogrado joven. Me entrometí en unos pasajes y luego de pasar por varios funerales que se estaban realizando a esa hora, di con un estrecho pasillo de nichos, en medio del cual un grupo de arreglos florales y la multicolor bandera gay puesta encima, me indicaron que estaba en el lugar correcto.

Contemplé la tumba por unos minutos. Quizás recé un rato. No recuerdo bien. Los árboles sonaban suavemente con el viento. Llegué donde necesitaba estar. Donde Daniel Zamudio no estaba, pero sí estaban sus restos físicos.

Volví a la calle. Un grupo de amigos me invitaron a la marcha que iba a llegar hasta el parque San Borja, el lugar en que había sido abatido el joven hace unas semanas atrás. Me inmiscuí entre medio de la gente, percibí la tristeza, la sensación de rabia. Ya nada volvería a ser como antes. La vida sigue su rumbo, con o sin Daniel en esta tierra, el país debía aprender la lección y el respeto a la diversidad. Sentí que ya no podía esperar más, que era ahora el momento en que la sociedad chilena tenía que asimilar, de una vez por todas, el respeto por todos sus integrantes. Y que eso empezaba desde lo más cercano, del núcleo familiar, de nuestro entorno.

Hay que educar a nuestros padres, hermanos y amigos a que los gays, lesbianas, bisexuales o transexuales son tan personas como el resto. Todavía me cuesta creer que algo tan obvio y natural para algunos, para otros es una aberración.

Pasaron los días, los meses. Vinieron marchas y más marchas, desde Baquedano hasta el parque Almagro. A veces, caminando por el parque Forestal, veía a parejas del mismo sexo tomadas de la mano, en momentos de paz únicos, como si nada ni nadie los fuera a interrumpir, o a golpear, o dañar aquel perfecto cuadro de amor y de valentía. Porque hay que ser muy valiente para darle la mano o besar a alguien del mismo sexo en la vía pública en una sociedad como la nuestra.

Wladimir Sepúlveda

Hoy la golpiza a Wladimir Sepúlveda, un joven de la comuna de San Francisco de Mostazal, en manos de un grupo de individuos que le enrostraron su homosexualidad, nos vuelve a remecer las conciencias y abatir nuestros corazones. Coincidentemente, en momentos en que la justicia da a conocer las condenas para los culpables de la muerte de Daniel Zamudio. Cadena perpetua para Patricio Ahumada, el ‘Pato Core’, quien se ensañó con el joven gay y le dibujo suásticas en el cuerpo con los vidrios rotos del cuello de una botella. Una condena ejemplificadora, dicen, para que no se vuelvan a cometer estos actos lamentables.

Pero en los hogares seguimos viendo estos hechos desde la distancia de la televisión. En muchas familias chilenas la diversidad no es comprendida como una condición natural. Varios padres piensan que la sexualidad es la esencia que define a sus hijos, cuando éstos les cuentan que son lesbianas o gays.  ¿A quién podemos culpar de esta ‘estrechez de mente’? ¿a la sociedad? ¿a la educación heredada de la dictadura militar? ¿a nosotros mismos y a nuestra falta de valentía?

Sea como sea, hoy Zamudio contempla desde arriba lo que sucede en nuestra sociedad, esperando que su muerte valga la pena, más de allá de la creación de una ley antidiscriminación que lleva su nombre, en una real conciencia del respeto y del derecho de todo ser humano. En toda su expresión.