Morir como ciudadanos de segunda clase, sin privilegios y sin honor

Morir como ciudadanos de segunda clase, sin privilegios y sin honor

02 Julio 2020

La crisis claramente no nos pega a todos por igual y a mí me tocó en carne propia. "El tata" se murió.

Camila Orellana >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Invitado

Los últimos meses la situación mundial nos ha puesto a todos en alerta de una u otra forma, en la que tenemos varias cosas en común: salir para lo absolutamente necesario, el uso de mascarilla y una nueva rutina de higiene entre otras cosas.

Sentir que estábamos todos así, aunque me daba pena, también me daba una extraña tranquilidad ya que todos estábamos en la misma pero la verdad es que estaba siendo bastante ilusa ya que la realidad me llegó en carne propia.

Luis Valdivia, el abuelo de mi esposo, siempre me pareció una persona muy amable y cariñosa por lo que fue muy preocupante cuando a su avanzada edad y en medio del caos del Covid-19 tuvo que ser ingresado al Hospital Regional de Rancagua por el colapso de sus pulmones.

Debido a las evidentes sospechas del virus toda la familia que había estado con él tuvo que entrar en una estricta cuarentena mientras se esperaban los resultados del examen PCR. Si bien el examen salió negativo eso no impidió que por protocolo no pudiera recibir visitas.

“El tata”, como lo llamábamos, siempre estuvo rodeado de su familia y así quiero recordarlo porque saber que sus últimos días lo pasó en soledad en una fría sala de un hospital, es lo más triste que me ha tocado en carne propia durante esta pandemia.

A veces el destino es bastante mezquino porque el 10 de junio el Jefe de la Defensa prohibió los velorios y estableció una serie de reglas en la región de O´Higgins para ello. “El tata” falleció dos días después de este anuncio.

Mi suegra que es una de las mujeres más fuertes y nobles que conozco, se encargó de llevar su despedida de la mejor forma, preocupándose de su padre, hasta más allá de su último día y con las herramientas que se podía.

Desde el hospital le explicaron que sus restos tenían que esperar 24 horas antes de ser sepultados y que no podría ser velado en su casa. Dada la situación rápidamente se tuvo que hacer la difícil selección de quiénes podían y quienes no podían asistir a su despedida para respetar las normas, nietos, amigos y muchos familiares no pudieron despedirse en el cementerio.

Es por eso que cuando tan solo días después vi las imágenes del Presidente Sebastián Piñera no respetando el protocolo sanitario en el funeral de su tío Bernardino, muerto a causa del Covid-19, se sintió como una patada en el estómago, de esas que te dejan sin aliento.

En Chile la desigualdad se vive a diario y se vive así y de una y mil formas, se siente como una patada en el estómago o para algunos incluso peor, más aún cuando quienes deberían ser impecables ejemplos siguen haciendo diferencias y dándose todas las licencias que quieren.

No me puedo sacar de la mente el funeral de 10 minutos de “El tata”, sin flores, sin ceremonia, solo cuatro sillas separadas para 5 hijos que no pudieron abrazarse en su dolor junto a el féretro de su padre cerrado y pienso también en los miles de chilenos, que no han podido despedirse de sus familiares, de entierros trágicamente solitarios como ciudadanos de segunda clase, sin privilegios y sin honor.

A Luis Valdivia Cabezas.