Opinión: ¿Por qué la centroderecha necesita un partido único?

En este escenario es legítimo preguntarse cómo reaccionar. Y no hay dudas de que hay que actuar en dos planos: el político y el organizativo.

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13 de Febrero, 2015 00:02
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El pésimo resultado de la última elección presidencial, la situación de minoría en el Congreso al término del gobierno anterior, el inexplicable apoyo de parlamentarios que abandonaron RN a los principales proyectos del actual gobierno, la acción resuelta de la Nueva Mayoría destinada a cambiar las bases que han inspirado el progreso de Chile en las últimas décadas y, desde hace algunos meses, el devastador efecto del caso Penta, han terminado por configurar un cuadro crítico para la centroderecha.

En ese escenario es legítimo preguntarse cómo reaccionar. Y no hay dudas de que hay que actuar en dos planos: el político y el organizativo.

En lo político, la revitalización de su proyecto requiere, para empezar a conversar, terminar con una cohabitación nefasta entre política y dinero. Ningún dirigente de centroderecha piensa que situaciones como las que han quedado al descubierto en el caso Penta deban continuar. Y no basta con pedir disculpas: Hay que levantar una muralla china entre la acción política y las conductas empresariales que todos han condenado. La centroderecha debe tener libertad total para reaccionar frente a los abusos e ilícitos empresariales.

En lo organizativo, la opción es perseverar en los intentos -hasta ahora infructuosos- para armar una coalición, o dar un paso audaz y abrirse a crear un partido único en la centroderecha, que tenga los grados de apertura, flexibilidad, pluralismo y democracia interna que caracterizan a las fuerzas políticas exitosas.

¿Por qué es necesario?

En primer lugar, por el cambio en las reglas electorales. El sistema binominal promovía dos fuerzas principales y, al interior de estas, dos partidos principales. La lógica del sistema proporcional es muy distinta: paradójicamente, por inducir a la fragmentación, premia la cohesión. Operar en el terreno electoral como si el binominal no hubiera sido reemplazado es una gran miopía.

En segundo lugar, porque las actuales identidades de los partidos de la centroderecha están objetivamente muy deterioradas y su imagen como Alianza por los suelos. Y si bien el impacto mayor lo sufre de lejos la UDI, los vasos comunicantes con RN y los demás movimientos son muy fuertes. ¿Cuánto será el costo político y electoral de ese lastre, de cara a las próximas elecciones? Hay solo una certeza: será muy alto.

En tercer lugar, porque en su actual situación los partidos de la centroderecha no pueden efectuar una oposición mínimamente eficaz. Cualquier acción queda teñida, desfigurada o minimizada. Y si no puede hacer oposición, tampoco podrá ser alternativa de gobierno.

Pero hay asuntos más de fondo: la lógica de todas las coaliciones es la de la competencia interna entre los partidos que la integran. Hoy, frente a la amenaza que representa la Nueva Mayoría, no es razonable gastar ningún esfuerzo "para el lado".

A la ciudadanía le interesa ver a la centroderecha empleando toda su energía en frenar la "retroexcavadora" y construyendo una plataforma alternativa. Y le importa muy poco el perfilamiento individual de los grupos que participen en tal tarea.

Asimismo, el futuro de la centroderecha pasa por su capacidad por atraer a nuevas personas. ¿Alguien cree que en su actual estado ello es posible? A las coaliciones nadie puede entrar directamente, sino solo a través de los partidos. ¿Quién va a estar dispuesto a sumarse al esfuerzo futuro de la centroderecha si el "peaje de entrada" es tan alto? 

Hace cinco años, la Concertación había perdido la elección presidencial y estaba por los suelos. A la inversa, la centroderecha la había ganado y tenía por delante un futuro promisorio. Hoy los papeles se han invertido. La Concertación hizo una autocrítica, ajustó sus piezas, construyó un relato y apostó a un cambio de fondo. La centroderecha puede hacer lo mismo a su manera: volver a empezar, recuperar mística, construir unidad, sintonizar de nuevo con la ciudadanía. Pero para ello debe cambiar no sus ideas rectoras, pero sí aspectos de fondo y la forma de su acción política. Y sobre todo, no puede seguir igual.

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