21 de mayo: democracia, partidocracia y protestas
En el contexto del 21 de Mayo, nos escribe el ex candidato presidencial Marco Enríquez Ominami, hoy presidente del PRO.
A quienes se preguntan, legítimamente, por qué construir un nuevo partido cuando los chilenos protestan cada día más espontáneamente los invito a reflexionar sobre la revolución pingüina, la protesta por el gas de Magallanes o la más reciente protesta contra el proyecto de Hidroaysén, todas manifestaciones en que los chilenos han salido a las calles a expresar, alejados de los partidos políticos existentes, sus enojos y aspiraciones ante el sistema.
Es evidente que los chilenos no están disponibles para el juego de los partidos tradicionales, ni tampoco se compran la loca e infantil fantasía que un salvador, un padre o un Presidente puede salvarnos de los males que generamos. Por estas razones y porque creo que Chile padece de una monarquía colonial intoxicada de populismo es que he promovido, junto a miles de fundadores más, la creación de un nuevo partido, el Progresista.
No sólo para que exista una nueva voz, entre otras la de los jóvenes, esos que ni estudian ni trabajan por ejemplo, la generación NiNi como la denominan algunos, sino porque quiero un país menos excluyente, donde el problema de la salud de uno sea el problema de todos.
Pero el fondo del desafío sigue pendiente: cada día más las protestas ciudadanas son más frecuentes y más alejadas de los partidos. Una explicación posible tiene que ver con que la democracia que la Concertación reinstaló después de la dictadura, es claramente insuficiente y sus pilares han sido principalmente el miedo a las crisis, a la protesta y al debate, producto de la traumática vivencia de una dictadura después del gobierno de la Unidad Popular.
Los partidos que conocemos, mayoritariamente, son partidos vaciados de ciudadanía, con vicios en su propia democracia interna, funcionales a un status quo en lo político y lo económico, partidos creados el siglo pasado, que no conversan con el bicentenario, creados en las claves de la guerra fría, con idearios programáticos e ideológicos que no llevan a la práctica en virtud de consideraciones oportunistas, muchas veces.
No obstante, no concibo una democracia sin partidos y aunque una democracia como la actual es para mí un sistema imperfecto, quizás el peor de todos, a excepción de las dictaduras, no tiene sentido intentar construir una fuerza transformadora de poder si uno no se atreve a construir un instrumento de poder dentro de los marcos de nuestra sociedad actual; no es pensable un cambio ajeno a esta realidad.
En ese sentido es que las marchas de ciudadanos, que sin estructura partidaria, son la confirmación de un hambre enorme de debate, de ser consultados. Pero seamos francos, son marchas masivas, pero casi todas convocadas ante hechos consumados. Salvo las de los pingüinos o las de Magallanes por el aumento del precio del gas, son manifestaciones que se articulan desde el enojo, no desde la propuesta. Y quizás allí está la tarea, el desafío de los partidos. Proponer ex ante de los problemas.
En el partido progresista no tenemos el monopolio de la democracia ni aspiramos a reivindicarlo. Pero para nosotros la democracia tiene algo de una bicicleta, si no se pedalea, si no se crea, si no se innova en soluciones ante problemas por conocer y revisitar, nos caemos todos. En el campo de esta partidocracia fatigada construiremos una fuerza que no estará ajena a lo que los chilenos expresan en las calles, lo haremos sin exclusiones desde una mirada solidaria y crítica del Estado-Nación que conocemos, donde el veto es monopolio de pocos privilegiados.
Conversaremos políticamente no sólo con los partidos políticos creados sino que con todas los que quieran actuar. Nuestro diálogo no se limitará a espacios previos a contiendas electorales con tácticas utilitarias de sobrevivencia política que nos siguen proponiendo ultraconservadores presidentes de Partidos. El diálogo será con todos los que quieran una república del respeto para un Chile que se atreve a salir del fatalismo de la desigualdad.
No queremos un Chile autista que no se realciona con las demandas de enormes mayorías no representadas. Y para nosotros las protestas callejeras son eso, la expresión de un malestar, de un sano enojo. De un reclamo duro no solo contra proyectos sino fundamentalmente contra partidos vaciados de propuestas.
El desafío que hemos asumido es casi contra natura en un país donde si vemos lo que vemos, escuchamos lo que escuchamos no es difícil pensar lo que pensamos: que los partidos están demasiado lejos de quienes pretenden representar. Por eso es hora de que todos los partidos actuemos con nuevas prácticas fundadas en un ideal, el de la participación y la integración.
Aumentar la participación no es sólo un objetivo, es un método, es un modo de enseñar la democracia. Se requiere construir, unidos en la diversidad, un sistema político donde el destino de un pueblo no sea cuestión de un hombre o una mujer con capacidades para navegar en el mundo de la política, sino del mismo pueblo por incipiente que sea su capacidad de rebeldía y participación.


