Reflexiones fundamentales
Cuando alguien expresa su visión de cierta temática, lo que está implícito en su expresión es su cultura, sus valores y su sentido existencial.
En mi caso particular, he tratado de orientar mi vida y mi pensamiento, dentro de las limitaciones que me son propias, a postular por el amor a la diversidad en su más amplio contexto y el derecho de los pueblos, de todos los seres humanos, a tener bienestar social, lo que incluye educación y salud al mejor nivel posible. Incluye por supuesto, el respeto a los derechos humanos y a los de la mujer y los niños.
Postulo a la libertad de creencia religiosa, al derecho al agnosticismo y a cualquier manifestación que sea propia de la libertad de cada ser humano. Postulo, de manera fundamental, a que nadie tiene el derecho de obligar a otros, por ninguna vía ni menos por la violencia, a practicar sus creencias y/o comportamientos.
Postulo a que la llamada “vía armada” para las conquistas de índole social es una vía “inviable” que históricamente sólo ha generado dolor y sufrimiento, que ha terminado en el reemplazo de una camarilla por otra, en el reemplazo de un grupo de poder por otro, que en el transcurrir del tiempo termina desviándose de los ideales que alguna vez habrían sostenido. Postulo que el diálogo, la negociación, la relación respetuosa aceptando las diferencias, y las diversas formas defender causas sin violencia es el modo de relación más adecuada entre los seres humanos.
Tener este tipo de visión del mundo y de la vida implica “elegir” permanentemente, optar entre la defensa a los derechos humanos y de la mujer y el niño, por ejemplo, u optar por posturas dogmáticas y prejuiciosas que desconocen la realidad sociopolítica actual y la historia.
En este sentido, cuando uno piensa en los grandes problemas que enfrenta la humanidad, se da cuenta, a modo de simplificación, de que hay dos grandes grupos:
a) Aquellos que “racionalmente” son susceptibles de ser solucionados por el hombre, en la medida que su conciencia se expande: el calentamiento global de la tierra, el destrozo de los recursos naturales, la contaminación, la miseria humana que implica la existencia de seres que fallecen de hambruna y de enfermedades que son perfectamente curables, entre muchos otros.
Este grupo de problemas, aunque muy serios, son superables si el hombre se lo propone. No tiene sentido vivir en un mundo en que los países más ricos deben encerrarse para defenderse de los que esperan algo de ellos, de la misma manera como las personas más pudientes social y económicamente han de generar verdaderas cárceles para defenderse de aquellos que se sienten desplazados. Son temas difíciles, pero de posible solución.
b) El otro grupo de problemas está en el ámbito del fanatismo político religioso, cuya violencia destructiva no tiene un asidero racional. Los grupos organizados bajo esta fuerza mental, con fuerte respaldo financiero y con armamento sofisticado, constituye sin duda el mayor desafío a la humanidad actual en cuanto civilización basada en el respeto a la diversidad y a la vida humana.
Mi sueño, para mi el verdadero sueño del socialismo, o de la postura de “izquierda propiamente tal”, del progresismo en el más amplio de los sentidos, es llegar a un planeta donde desaparezcan los países como entes separados y se viva en el respeto mutuo, con la hermosa diversidad cultural y étnica del planeta. Donde la hermandad, la solidaridad, la complementación y el respeto sean la característica de sus habitantes. No importa que sea un sueño. Hacia allá deseo apuntar.
El logro de ese sueño pasa, a mi entender, por el desarrollo integral, o “espiritual” de cada uno de nosotros, lo que es una responsabilidad individual, de acuerdo a su conciencia. Ese desenvolvimiento implica la superación de egoísmos y ambiciones desmedidas Nuestro desenvolvimiento es muy elemental en la actualidad, aún cuando existen personas notables y desenvueltas, que constituyen nuestra gran esperanza.
No creo que para hacer posible que ese sueño se realice haya que aplicar la confrontación y la violencia. No creo en las dictaduras, ni de militares ni de algún grupo social, menos aún en las dictaduras de teocracias, de “iluminados”, para imponernos sus doctrinas a sangre y fuego. No quiero un Irán en ningún lado, ni menos que se trate de importar a nuestro continente su modo de tratar a los seres humanos. Desafortunadamente, hay muchos más ejemplos de ese tipo: Sudan, Yemen, Afganistán, etc.
Algún comentario a mis artículos señala que ser sionista y a la vez progresista en lo político es una gran contradicción. Yo pienso exactamente lo contrario. Creo que todos los países tienen derecho a existir, lo que incluye a Israel y, por supuesto, a los palestinos de acuerdo a su libre determinación. Así como hay muchos países cristianos, o musulmanes, por ejemplo, donde estos tienen el derecho a defender su cultura (que debería darse dentro de un marco de respeto a las culturas minoritarias) lo mismo ha de ser válido para los judíos. Eso no es “racismo” como algunos, por prejuicio o ignorancia acusan.
Es simplemente reconocer que, mientras el planeta tenga el nivel de desenvolvimiento que tiene, mientras exista diversidad de países independientes, aunque en un mundo global, es no sólo necesario, sino también justo, que dada la historia confirmada por el presente, el judío tenga también la posibilidad de tener un país que asegure su protección. Eso no es estar “en contra” de nadie, ni mucho menos sembrar separatividades y odiosidades.
Tampoco implica ser un incondicional con las políticas puntuales que tengan o hayan tenido los gobiernos israelíes de turno. Quien desee conocer más respecto de los orígenes y postulados del movimiento sionista lo puede consultar en Internet. No cabe la demonización de esta doctrina, salvo insisto, ignorancia o prejuicio.
La gran contradicción es la de aquellos que, como tan bien los ha bautizado la valiente periodista Pilar Rahola, como de “izquierda fascista”, que defienden a países que anhelan la destrucción de otros, que catalogan al mundo entre los “fieles” y los “infieles” (postulando la conversión o la destrucción de estos últimos), que tienen dictaduras teocráticas que desconocen los derechos humanos, y por supuesto los de la mujer, y atacan a otros que, a lo menos, con todos sus defectos, tienen democracias e instituciones que funcionan.
Y por supuesto que son los que apoyan política y financieramente los actos terroristas en todo el mundo. En esto soy muy claro: entre la confrontación y la negociación elijo esta última. Entre la imposición violenta y la renuncia a algunas ventajas negociando a fin de mejorar la situación vigente, prefiero esto último. Es cuestión de elección.
Respecto del tema del medio oriente, declaro que estoy absolutamente en favor de la causa palestina, de lo cual he conversado con amigos descendientes de árabes, todos ellos cristianos, que delante de un café e intercambiando puntos de vista, terminamos concordando. Entiendo “la causa palestina” como el derecho de ese pueblo a vivir en paz, a gozar de un adecuado bienestar económico y social y a tener la libertad política y religiosa que les dé la opción de elegir lo que estiman mas conveniente para sí mismos.
El gran problema de los palestinos no es Israel: son ellos mismos, son los grupos fanáticos en lo político religioso que sólo postulan al odio y a la destrucción y son los políticos corruptos que mal utilizan la ayuda que en abundancia les llega de muchas partes. La gran mayoría de los palestinos, en su fuero interno, anhelan la paz con Israel y el poder acceder al bienestar con que cuentan sus hermanos israelíes.
Durante mi última visita por allá, conversé con varios árabes israelíes, tanto cristianos como musulmanes, que sin excepción me manifestaron que se sentían contentos de ser ciudadanos israelíes y que lo que más anhelan es que se pueda vivir en paz. Lo mismo capté en todos los ciudadanos de ese país con quienes conversé. Mi sueño, por ahora, es ver que esa región viva en paz, que coexistan los países árabes y los palestinos, con un estado Palestino, si ellos así lo desean y con un estado de Israel, complementándose en lo económico, en lo científico y en lo cultural.
Todo eso hasta que el planeta tierra sea una gran nación donde convivan en paz y complementariedad todos los pueblos en un sistema económico social más justo para todos. Y por supuesto sin la estupidez de las guerras y la violencia.No sé si estaré vivo cuando eso suceda, pero lo deseo de todo corazón.
A veces los prejuicios y la ignorancia, son “mas fuertes” y llevan a tratar de descalificar a las personas sin siquiera leer con mínima atención lo que se escribe.
Postulo a la libertad de creencia religiosa, al derecho al agnosticismo y a cualquier manifestación que sea propia de la libertad de cada ser humano. Postulo, de manera fundamental, a que nadie tiene el derecho de obligar a otros, por ninguna vía ni menos por la violencia, a practicar sus creencias y/o comportamientos.
Postulo a que la llamada “vía armada” para las conquistas de índole social es una vía “inviable” que históricamente sólo ha generado dolor y sufrimiento, que ha terminado en el reemplazo de una camarilla por otra, en el reemplazo de un grupo de poder por otro, que en el transcurrir del tiempo termina desviándose de los ideales que alguna vez habrían sostenido. Postulo que el diálogo, la negociación, la relación respetuosa aceptando las diferencias, y las diversas formas defender causas sin violencia es el modo de relación más adecuada entre los seres humanos.
Tener este tipo de visión del mundo y de la vida implica “elegir” permanentemente, optar entre la defensa a los derechos humanos y de la mujer y el niño, por ejemplo, u optar por posturas dogmáticas y prejuiciosas que desconocen la realidad sociopolítica actual y la historia.
En este sentido, cuando uno piensa en los grandes problemas que enfrenta la humanidad, se da cuenta, a modo de simplificación, de que hay dos grandes grupos:
a) Aquellos que “racionalmente” son susceptibles de ser solucionados por el hombre, en la medida que su conciencia se expande: el calentamiento global de la tierra, el destrozo de los recursos naturales, la contaminación, la miseria humana que implica la existencia de seres que fallecen de hambruna y de enfermedades que son perfectamente curables, entre muchos otros.
Este grupo de problemas, aunque muy serios, son superables si el hombre se lo propone. No tiene sentido vivir en un mundo en que los países más ricos deben encerrarse para defenderse de los que esperan algo de ellos, de la misma manera como las personas más pudientes social y económicamente han de generar verdaderas cárceles para defenderse de aquellos que se sienten desplazados. Son temas difíciles, pero de posible solución.
b) El otro grupo de problemas está en el ámbito del fanatismo político religioso, cuya violencia destructiva no tiene un asidero racional. Los grupos organizados bajo esta fuerza mental, con fuerte respaldo financiero y con armamento sofisticado, constituye sin duda el mayor desafío a la humanidad actual en cuanto civilización basada en el respeto a la diversidad y a la vida humana.
Mi sueño, para mi el verdadero sueño del socialismo, o de la postura de “izquierda propiamente tal”, del progresismo en el más amplio de los sentidos, es llegar a un planeta donde desaparezcan los países como entes separados y se viva en el respeto mutuo, con la hermosa diversidad cultural y étnica del planeta. Donde la hermandad, la solidaridad, la complementación y el respeto sean la característica de sus habitantes. No importa que sea un sueño. Hacia allá deseo apuntar.
El logro de ese sueño pasa, a mi entender, por el desarrollo integral, o “espiritual” de cada uno de nosotros, lo que es una responsabilidad individual, de acuerdo a su conciencia. Ese desenvolvimiento implica la superación de egoísmos y ambiciones desmedidas Nuestro desenvolvimiento es muy elemental en la actualidad, aún cuando existen personas notables y desenvueltas, que constituyen nuestra gran esperanza.
No creo que para hacer posible que ese sueño se realice haya que aplicar la confrontación y la violencia. No creo en las dictaduras, ni de militares ni de algún grupo social, menos aún en las dictaduras de teocracias, de “iluminados”, para imponernos sus doctrinas a sangre y fuego. No quiero un Irán en ningún lado, ni menos que se trate de importar a nuestro continente su modo de tratar a los seres humanos. Desafortunadamente, hay muchos más ejemplos de ese tipo: Sudan, Yemen, Afganistán, etc.
Algún comentario a mis artículos señala que ser sionista y a la vez progresista en lo político es una gran contradicción. Yo pienso exactamente lo contrario. Creo que todos los países tienen derecho a existir, lo que incluye a Israel y, por supuesto, a los palestinos de acuerdo a su libre determinación. Así como hay muchos países cristianos, o musulmanes, por ejemplo, donde estos tienen el derecho a defender su cultura (que debería darse dentro de un marco de respeto a las culturas minoritarias) lo mismo ha de ser válido para los judíos. Eso no es “racismo” como algunos, por prejuicio o ignorancia acusan.
Es simplemente reconocer que, mientras el planeta tenga el nivel de desenvolvimiento que tiene, mientras exista diversidad de países independientes, aunque en un mundo global, es no sólo necesario, sino también justo, que dada la historia confirmada por el presente, el judío tenga también la posibilidad de tener un país que asegure su protección. Eso no es estar “en contra” de nadie, ni mucho menos sembrar separatividades y odiosidades.
Tampoco implica ser un incondicional con las políticas puntuales que tengan o hayan tenido los gobiernos israelíes de turno. Quien desee conocer más respecto de los orígenes y postulados del movimiento sionista lo puede consultar en Internet. No cabe la demonización de esta doctrina, salvo insisto, ignorancia o prejuicio.
La gran contradicción es la de aquellos que, como tan bien los ha bautizado la valiente periodista Pilar Rahola, como de “izquierda fascista”, que defienden a países que anhelan la destrucción de otros, que catalogan al mundo entre los “fieles” y los “infieles” (postulando la conversión o la destrucción de estos últimos), que tienen dictaduras teocráticas que desconocen los derechos humanos, y por supuesto los de la mujer, y atacan a otros que, a lo menos, con todos sus defectos, tienen democracias e instituciones que funcionan.
Y por supuesto que son los que apoyan política y financieramente los actos terroristas en todo el mundo. En esto soy muy claro: entre la confrontación y la negociación elijo esta última. Entre la imposición violenta y la renuncia a algunas ventajas negociando a fin de mejorar la situación vigente, prefiero esto último. Es cuestión de elección.
Respecto del tema del medio oriente, declaro que estoy absolutamente en favor de la causa palestina, de lo cual he conversado con amigos descendientes de árabes, todos ellos cristianos, que delante de un café e intercambiando puntos de vista, terminamos concordando. Entiendo “la causa palestina” como el derecho de ese pueblo a vivir en paz, a gozar de un adecuado bienestar económico y social y a tener la libertad política y religiosa que les dé la opción de elegir lo que estiman mas conveniente para sí mismos.
El gran problema de los palestinos no es Israel: son ellos mismos, son los grupos fanáticos en lo político religioso que sólo postulan al odio y a la destrucción y son los políticos corruptos que mal utilizan la ayuda que en abundancia les llega de muchas partes. La gran mayoría de los palestinos, en su fuero interno, anhelan la paz con Israel y el poder acceder al bienestar con que cuentan sus hermanos israelíes.
Durante mi última visita por allá, conversé con varios árabes israelíes, tanto cristianos como musulmanes, que sin excepción me manifestaron que se sentían contentos de ser ciudadanos israelíes y que lo que más anhelan es que se pueda vivir en paz. Lo mismo capté en todos los ciudadanos de ese país con quienes conversé. Mi sueño, por ahora, es ver que esa región viva en paz, que coexistan los países árabes y los palestinos, con un estado Palestino, si ellos así lo desean y con un estado de Israel, complementándose en lo económico, en lo científico y en lo cultural.
Todo eso hasta que el planeta tierra sea una gran nación donde convivan en paz y complementariedad todos los pueblos en un sistema económico social más justo para todos. Y por supuesto sin la estupidez de las guerras y la violencia.No sé si estaré vivo cuando eso suceda, pero lo deseo de todo corazón.
A veces los prejuicios y la ignorancia, son “mas fuertes” y llevan a tratar de descalificar a las personas sin siquiera leer con mínima atención lo que se escribe.
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